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HISTORIA DE LA COSMÉTICA Y DEL CHAMPÚ

2 Jun 2014

 

Historia de la Cosmética y la Evolución de los productos detergentes en Champú.

 

No sabemos con certeza los productos que utilizaban los hombres y mujeres del paleolítico para proteger y adornar sus cuerpos, pero es casi seguro que usaban grasas de los animales que cazaban, arcillas y jugos de algunas semillas y plantas. El sol por el día y el frío por la noche se mitigaban con aquellos embadurnamientos que se aplicaban hasta en los cabellos. En las pinturas rupestres se aprecian cazadores y danzantes pintados y con el pelo untado con ciertos tipos de arcilla.

 

Los sumerios (5000 años a.C.), por ejemplo, alcanzaron un gran desarrollo en la cosmética según atestiguan los utensilios y las traducciones de tablillas encontrados en excavaciones arqueológicas, que muestran antiguas fórmulas para hacer ungüentos y afeites, aunque su preparación estaba reservada a los médicos de la época.

Los babilonios, tras decaer la civilización sumeria, se convirtieron en los principales comercializadores de perfumes y esencias aromáticas, pero fueron los egipcios quienes alcanzaron el mayor esplendor en la fabricación de productos cosméticos.

 

La mujer egipcia hacía uso de desodorantes, tónicos para la piel y capilares, ungüentos blanqueadores, suavizantes o antiarruga. Es conocido que Cleopatra confiaba en varias decenas de remedios naturales para mantener sus legendarios poderes de seducción.

Nefertiti, en el Antiguo Egipto, utilizaba como cremas limpiadoras aceites (vegetales o animales) mezclados con polvo de piedra caliza.

Según el papiro médico de Ebers encontramos un exfoliante a base de polvo de alabastro, sal del Bajo Egipto y miel;también este mismo papiro menciona una crema contra las arrugas compuesta por incienso, cera, aceite de moringa y ciprés.

Como la mayoría de las mujeres egipcias también se inclinó por el uso de alheña y aceite de nuez para mantener el pelo oscuro y brillante, y sus cremas y afeites estaban formados por leche de burra, harinas de avena y habas, levaduras, miel, arcilla y aceites de palma, cedro y almendra. Sus relucientes sombras de ojos azules y verdes, elaboradas a partir de piedras semipreciosas como el lapislázuli (mineral de color azul intenso) y la malaquita (carbonato de cobre), molidas finamente, poseían una finalidad tanto práctica como cosmética, ya que protegían la piel de los ojos de los intensos rayos solares.

Las mujeres de Tebas y las que vivían a lo largo del Nilo tenían fama de ser las más bellas del mundo e hicieron buen uso de tintes y polvos naturales para la cara, el cuerpo y el pelo. En las pirámides se encontraron tumbas de damas de la nobleza egipcia con variados frascos de alabastro llenos de lociones y pociones para cada parte del cuerpo, con el fin de ser usados en la otra vida. Se añadía también un cofre de cosmética con mascarillas de cera de abejas y espejos de alta calidad de cobre pulido incrustados en mangos de marfil tallado.

Para sorpresa de arqueólogos y científicos, los restos de maquillaje para los ojos encontrados en las pirámides demuestran que se elaboraban casi siempre con sustancias ásperas como el sulfuro de plomo y el carbón vegetal. Las pinturas faciales de color marrón rojizo eran arcillas específicas con un alto contenido de hierro para darles ese color y también usaban remedios antiarrugas hechos con bilis de buey y huevos de avestruz.

Además de los cosméticos y perfumes, los antiguos egipcios fueron los primeros en elaborar jabón a partir de un agente de limpieza natural llamado saponita, que se extrae de la saponaria o hierba jabonera al que añadían grasas animales y aceites fragantes. Fueron muy populares los productos suavizantes para el cuerpo, y los primeros exfoliantes cutáneos aparecieron hacia el año 1000 a.C. Se elaboraban con polvo de piedra pómez y, tanto egipcios como asirios, se frotaban el cuerpo con puñados de arena para limpiar los poros antes de bañarse.

 

En Grecia, la utilización de la cosmética se generaliza con las conquistas de Alejandro Magno, dando paso a un floreciente comercio industrial en torno a los productos de belleza y perfumes. Los bálsamos y ungüentos se vendían envasados en cerámica de Corinto. 

Los antiguos griegos también tenían conocimientos sobre cosmética, aunque el rimel que elaboraban con una mezcla de goma y hollín pueda parecer tosco. Las mujeres se pintaban las mejillas con pastas vegetales, de bayas y semillas machacadas, para conseguir un aspecto saludable. Desgraciadamente para ellas, también se inclinaron por la peligrosa costumbre de utilizar albayalde (carbonato de plomo) y mercurio para el rostro. Sin saberlo, la piel absorbía estos metales duros que ocasionaban muertes prematuras. Esta tendencia funesta continuó a lo largo de siglos. El médico griego Galeno advirtió el problema y escribió: “Las mujeres que se pintan con mercurio, a pesar de ser jóvenes, envejecen en poco tiempo y se les arruga la cara como a un mono”. Además de ser un médico altamente reconocido, a Galeno se le atribuye la receta original de la crema de belleza con base de cera de abejas, aceite de oliva y agua de rosas. También apuntó que los caracoles de jardín, molidos muy finos, constituían un efectivo hidratante, con lo que condenó a muerte a los pobres animalitos durante los siglos que fueron utilizados en preparados de belleza.

 

Fueron los romanos, sin embargo, quienes establecieron muchos de nuestros hábitos de belleza actuales. El mejor legado es el del aseo diario en los baños comunales, perfumados con agua de rosas. Al extenderse el Imperio Romano por Europa también introdujeron el hábito del afeitado regular para el hombre, con navajas de bronce afiladas. La nobleza adinerada continuó con los baños de leche de burra, por lo que Popea, esposa de Nerón, viajaba con su propio rebaño para tener siempre a mano la materia prima de su ritual.

Según algunos arqueólogos, el uso del jabón para la higiene personal fue adoptado a principios del segundo siglo de nuestra era. Incluso se han encontrado algunos documentos de la época en los que un doctor romano describe el uso del jabón como champú.

Otros aspectos de su apariencia que tuvieron gran importancia fueron el tinte y la forma de peinar el cabello. Los romanos utilizaban muchos tipos diferentes de tinte, como uno que se hacía a partir de cal viva, que proporcionaba un tono brillante de color dorado rojizo. El aceite de nuez, obtenido al machacar el fruto y mezclarlo con aceite de oliva, también se utilizaba para mantener el pelo oscuro cuando empezaba a encanecer. En la antigua Roma, al principio, se consideraba el pelo rubio como símbolo de prostitución, pero con la llegada de las esclavas escandinavas, las mujeres de la nobleza comenzaron a teñirse el cabello de oscuro con ligeras sombras rubias, utilizando una infusión concentrada de flores de azafrán. El romero y el enebro eran los ingredientes principales de los tónicos capilares para evitar la caída del cabello. Las mujeres romanas tomaron muchas fórmulas de belleza de sus iguales griegas. Suavizaban su piel con baños de leche y salvado, se hacían mascarillas de trigo, habas y arroz mezclados con miel, huevos, leche, aceites vegetales y tierras. Utilizaban extractos de limón, rosa, jazmín; endurecían sus pechos con vinagre, arcilla y corteza de encina macerada en limón y pulían sus dientes con polvo muy fino de piedra pómez y orina de niño. Perfumaban su cuerpo, sus ropas, sus zapatos y hasta sus joyas.

 

Pero, pasó el tiempo y llegó la Edad Media, y con ella prevaleció el concepto religioso de que incentivar la belleza femenina era pecaminoso. Los sacerdotes católicos intentan eliminar todas las prácticas que permiten hacer más atractivas a las mujeres, algunos aseveran que es un enfrentamiento con la cultura árabe, que realza los afeites, los baños olorosos y los masajes. No vale la pena, a estas alturas, especular acerca de las razones, el resultado fue una época larga, oscura, y sucia.

La Edad Media supuso la decadencia de las prácticas de embellecimiento, pero lo que más daño hizo fue el abandono de los conceptos de higiene, el baño entre ellos, que propició no pocas enfermedades. Aún así, y a pesar de la falta de aseo cotidiano, las mujeres continuaron utilizando algunos tipos de maquillaje.

Las damas de la nobleza siguieron aplicándose albayalde en el rostro; se depilaban las cejas y se pintaban los labios de color rojo oscuro con tintes vegetales. Los remedios cutáneos naturales también eran populares y la mayoría de las mujeres nobles tenían su propia receta para combatir los efectos nocivos de la pasta de plomo en el rostro y utilizaban mascarillas con raíces de espárragos molidas y leche de cabra, que se friccionaban en la piel con trozos de pan caliente. También se popularizaron los cabellos con trenzados elaborados y se hacía algo así como un gel capilar con una mezcla de excrementos de golondrina y sebo de lagarto.

 

Durante las Cruzadas, los caballeros volvían a casa con todo tipo de preparados exóticos jamás vistos. Los aceites esenciales adquirieron popularidad como perfumes y también se utilizaron como antisépticos para combatir la peste (la enfermedad y la otra). La técnica de elaboración del jabón se importó de Italia, si bien durante siglos se utilizó principalmente para lavar los platos y la ropa, no el cuerpo.

 

En este estado de insalubridad se llega al Renacimiento, donde aflora de nuevo lo bello y agradable de las culturas grecorromanas y orientales. Durante los siglos XV y XVI, con el dinero de los comerciantes genoveses, venecianos y otros, que hacen de mecenas de músicos, artistas, escultores, arquitectos, se lleva a cabo la gran transformación. Y vuelve el gusto por los placeres, la belleza, y aún mejor, por la higiene. Fue una época de grandes conocimientos y desarrollo cultural, y destacó por los avances en el terreno de la belleza natural. Las venecianas, además del rostro, se maquillan los pechos, que se muestra ostensiblemente a través de los grandes escotes, gustan de los perfumes traídos de Asia: almizcle, ámbar, sándalo, incienso, mirra y clavo de especias. También utilizan los extractos de rosa, jazmín, lavanda, violeta.

 

En el siglo XVI, las damas de la nobleza veneciana se teñían el pelo con lociones compuestas de flores de azafrán y sulfuro y las hacían cocer en sus cabezas sentándose bajo el cálido sol del verano. Una nueva invención fue la introducción del lunar postizo, en un principio hecho con pequeños círculos de terciopelo negro, que se utilizaba para ocultar imperfecciones como verrugas, granos y cicatrices de la viruela. Aunque los europeos seguían viendo con recelo el baño diario (creían que debilitaba el cuerpo), utilizaban el perfume con profusión, probablemente para enmascarar el desagradable e inevitable olor corporal. La filosofía de la higiene personal fue ganando terreno y aparecieron los primeros polvos dentífricos comercializados, generalmente elaborados a partir de una mezcla de salvia seca, ortigas y arcilla en polvo.

 

En 1508, unos monjes de la orden de los dominicos establecieron en Florencia una de las primeras perfumerías europeas. Preparaban muchas fragancias populares, entre ellas el elíxir de ruibarbo y el agua de melisa, y elaboraron polvos con aroma de lirio a artir de raíces de esta flor, que utilizaban para perfumar las ropas.

 

Las damas de la época isabelina todavía usaban la pintura de albayalde y el tóxico sulfuro de mercurio como colorete. El albayalde fue la causa de muchas muertes prematuras de jóvenes mujeres envenenadas por el plomo absorbido por la piel. Se fabricaba mezclándolo con vinagre para formar una pasta llamada cerusa. La de mejor calidad se cree que procedía de Venecia. El albayalde ocasionaba la caída del cabello y el uso extendido de la cerusa explica la ̈moda ̈ de las frentes altas, ya que el límite del pelo se deterioraba. Otra causa de la pérdida de cabello era el empleo de aceite corrosivo de vitriolo (ácido sulfúrico) mezclado con jugo de ruibarbo como tónico capilar y aclarador. Esto propició el uso de pelucas y la misma Isabel I, en los retratos, muestra su pasión por las pelucas rojas y la piel maquillada.

 

La moda de la cosmética llega a Francia de la mano de Catalina de Médicis. Catalina había aprendido la técnica de la fabricación de cosméticos y pasaba gran parte de su tiempo preparando ungüentos. Una de sus damas y amiga, Catalina Caligai, abrió en París el primer Instituto de Belleza. El tipo de maquillaje que invadió la corte francesa en esta época mostraba el rostro de coloración anaranjada merced al uso del bermellón.

 

Enrique III se hacía aplicar antes de acostarse, una mascarilla de clara de huevo y harina de habas, que posteriormente le era retirada con agua de perejil.

 

La palabra champú deriva del inglés shampoo, palabra que data de 1762, y significaba originalmente "masajear". Esta palabra es un préstamo del Anglo-Indio shampoo, y esta a su vez del Hindi champo, imperativo de champna, "presionar, amasar los músculos, masajear".

 

El término y el servicio fueron introducidos en Gran Bretaña por Sake Dean Mahomed, migrante de India, que abrió unos baños de "shampoo" conocidos como Mahomed's Indian Vapour Baths (Baños Indios de Vapor de Mahoma) en Brighton en 1759.

Estos baños eran similares a los baños turcos, pero los clientes recibían un tratamiento indio de champi (masaje terapéutico). Sus servicios eran muy apreciados, y Mahomed recibió el alto honor de ser nombrado "Cirujano de champú" para los reyes Jorge IV y Guillermo IV.

 

En 1786, el Parlamento inglés aprobó un decreto ley que establecía los impuestos en cosmética, y se puede hacer una lista precisa de los productos de la época. Entre los cosméticos registrados figuran las esencias, polvos, bolas de jabón y pomadas como la tintura de almendra de melocotón, la esencia de ramillete, y el clavel de lirios. Entre los pigmentos de maquillaje estaba el carmín, el blanco, el carmín vegetal (elaborado con Carthamus tinctorius) y el carmín de servilleta, que se aplicaba con una pequeña tela. Constan también líquido de rosas en flor, crema cosmética y crema de belleza. Con la muerte de Luis XIV acaba la austeridad que había impuesto el monarca a la corte francesa y se recobra el sentido de la higiene interna y externa.

 

El siglo XVIII renace a la cosmética, los perfumistas crean y difunden sus geniales y secretos productos: Leche de la princesa, Aroma de sultana, Agua celestial, Susurro oriental, Leches de Ninón. Los productos de belleza franceses se venden en todo el mundo; los envases son de plata, oro, porcelana y laca; sus altos precios no impiden el comercio creciente.

 

En la época de la Revolución francesa, en 1789, la cosmética natural estaba en boga en la corte, tanto para hombres como para mujeres. Se utilizaban profusamente las pelucas empolvadas, el carmín y los polvos faciales, y a menudo los hombres eran mayores consumidores de todo ello que las mujeres. A pesar de que ya se había inventado el champú, los cortesanos solían llevar el pelo corto y sucio, sobre el cual se ponían la peluca. A partir de esta época se puso de moda la apariencia pálida y etérea. La vestimenta de las mujeres se centró en la muselina, a la vez diáfana y atrevida. A veces humedecían la tela para ceñirla más al cuerpo; y ello provocó más de una pulmonía. Este tiempo se caracteriza por el romanticismo. Es la época de las leches virginales, los vinagres de tocador, las cremas; se siguen aplicando mascarillas caseras de harina, huevos, miel, carne cruda. Se emplea la manteca de cacao, el pepino y, para lograr esa palidez enfermiza, se bebe vinagre y limón. Las mujeres se esconden del sol y del aire para preservar el rostro, que se muestra blanquecino y en el que destacan unos ojos grandes y tristes.

 

El siglo XIX impone la naturalidad. Napoleón gusta de la limpieza y el uso del agua de colonia. Las mujeres de la corte se perfuman con ámbar, pachulí, heliotropo. Josefina gasta fabulosas sumas en pomadas, cremas y perfumes. Los productos cosméticos contienen fresa, frambuesa, naranja, limón, miel, nardo. Se escriben tratados sobre belleza, y surgen las primeras casas de cosmética.

 

Kasey Hebert fue el primer fabricante conocido de champú, y su origen aún se le atribuye a él. Hebert vendió su primer champú, con el nombre de "Shaempoo" en las calles de Londres.

 

Uno de los primeros establecimientos de belleza que surtió a las parisinas lo abrió, en 1828, Pierre Guerlain, fundador de la famosa casa de cosmética. Entre las numerosas mezclas que creó para la corte francesa se incluyen perfumes con nombres tan patrióticos como Bouquet Napoleon, Parfum de France y Eau Imperial. 

Inspirados en los herbolarios, salieron a la luz en ese tiempo varios libros de belleza que proporcionaban recetas útiles y consejos caseros prácticos. Se hicieron muy populares pues sin muchos gastos se adquirían recetas de productos baratos para el cuidado de la piel o el maquillaje. En realidad, los que vivían en las grandes ciudades - con medios económicos- tenían acceso a las perfumerías selectas, pero el resto de los habitantes y hacia el interior del país debía conformarse con los vendedores ambulantes y las pociones hechas en casa. Uno de los libros más populares fue The Art of Beauty, obra anónima de 1825, cuyo autor fue probablemente un médico.

 

El primer jabón comercializado lo fabricó en 1884 un tendero de Lancashire llamado William Hesketh Lever. Tuvo la brillante idea de fabricar pastillas de jabón ya cortadas y las estampó con la marca Sunlight. La demanda superó la producción y, en 1888, William Lever compró una parcela en Mersey para ampliar su floreciente industria. Aunque hoy parezca obvio, la idea de Lever de dar un nombre a una pastilla de jabón para uso doméstico, envolverla de forma adecuada y venderla con entusiasmo, suponía un concepto de publicidad totalmente nuevo. A partir de esos humildes comienzos surgieron marcas famosas de jabones como Lux, Lifebuoy y Shield, y nació la poderosa multinacional de detergentes Lever Brothers que sigue siendo hoy una de las mayores proveedoras de jabón del mundo.

A finales de la época victoriana se adoptó una actitud más relajada en relación con el maquillaje y publicaciones como Vogue y The Queen comenzaron a dar apoyo a la naciente industria cosmética. Apareció un reportaje que relataba que la actriz Sarah Bernhardt añadía 200 g de flores de malvavisco y 1,5 Kg de salvado a su baño diario. También se apoyó el Eliminador de arrugas Bernhardt: una crema de pasta de aluminio, leche de almendras y agua de rosas.

Al otro lado del Canal de la Mancha, Helena Rubinstein había abandonado su Polonia natal y abrió un salón en París donde se vendía una crema hidratante llamada Creme Valaze. Helena era la mayor de ocho hermanas famosas por la belleza de su cutis, y su crema para la piel —elaborada por dos químicos polacos— se convirtió en la piedra angular de lo que sería su imperio de la cosmética. Con sólo 20 años, Helena se embarca camino de la lejana Australia. Aburrida, le ofrece su ayuda al boticario de la ciudad para crear fórmulas, pociones y unguentos. Con el cambio de siglo se descubrió que el óxido de cinc servía para elaborar polvos faciales, que no dañaban la piel, y en Hollywood, otro fabricante de pelucas inmigrante, Max Factor, se iba haciendo un nombre en el diseño de maquillajes para las estrellas del cine mudo. Las primeras películas eran muy rudimentarias y en blanco y negro. Las estrellas del cine mudo tenían que pintarse la cara de azul y marrón, para que sus rasgos durante la actuación se distinguieran claramente. El maquillaje pancromático de Max Factor llegó a ser tan importante para los artistas de la época que ganó un Premio de la Academia en 1928. Con el avance de la industria del cine, Max Factor se benefició con la demanda de pinturas de colores y maquillajes de fondo para las películas en color, ya con sonido, y siguió adelante con la invención de una barra de maquillaje de color carne llamada Erase, de la cual vendió 10 millones de unidades en el primer año.

 

El champú moderno, tal como se lo conoce en la actualidad, fue introducido por primera vez en la década de 1930 con "Drene", inventado por un peluquero alemán que buscaba la forma de sustituir la ceniza de chimenea con la que la gente solía limpiar su cabellera. A este peluquero se le ocurrió elaborar una mezcla de jabones solubles en agua y, aunque esa mezcla lograba el objetivo, era muy distinta a la que conocemos hoy en día, pues no generaba espuma. Fue en Estados Unidos, a finales de los años 30 del siglo XX, cuando se le agregaron ingredientes que sólo se utilizaban con fines industriales y se logró obtener el tipo de champú que usamos en la actualidad.

La primera vez que se vendió un champú tal y como hoy lo conocemos fue en 1930. John Breck fue el inventor del champú moderno y nunca se imaginó el éxito que tendría. Fue él mismo quien desarrolló los primeros productos especializados para lavar cabello seco y graso. Sus anuncios presentando a la chica Breck se volvieron muy populares y muchas artistas de Hollywood posaron para anunciar la marca.

Entre la competencia se encontraba Elizabeth Arden, quien había desarrollado una gama de maquillaje y otros productos cosméticos basados en ingredientes naturales. Elizabeth Arden nació en Canadá con otro nombre y su vida se había desarrollado como enfermera, pero impresionada por el arreglo personal de las mujeres americanas que conoció, se inclinó posteriormente por el mundo de la belleza. Cuando abrió su propio salón en la Quinta Avenida de Nueva York, buscó un nombre más apropiado y se inspiró en un poema de Tennyson: Enoch Arden.

Un éxito que ha durado mucho más es el de Esteé Lauder, una de las pocas mujeres que en vida se ha convertido en leyenda. Comenzó su negocio en 1946 vendiendo sólo cuatro productos para el cuidado de la piel en los grandes almacenes Saks de la Quinta Avenida de Nueva York. A partir de este modesto inicio estableció la empresa cosmética hoy célebre en todo el mundo.

 

El nuevo shampoo llegó a Europa la Segunda Guerra Mundial. En ese entonces los soldados estado- unidenses llevaban pequeñas muestras que regalaban junto con chocolates, cigarros y comida enlatada. Después de la guerra, los avances en nuevos cosméticos siguieron un buen ritmo, y a lo largo de los años cincuenta y sesenta, el maquillaje y la cosmética en general se fueron alejando de la madre naturaleza para adentrarse cada vez más en el campo de la tecnología. Se introdujo la idea de las cremas anti-envejecimiento que podían casi detener el tiempo, junto con a menudo ridículas y extravagantes propagandas. A pesar de eslóganes pegadizos y las jóvenes modelos con artísticos retoques en la piel, todavía está por encontrarse una crema que quite las “patas de gallo”. En los últimos años, la industria de la cosmética ha invertido miles de millones de dólares en la búsqueda del elixir de la juventud que elimine todas las arrugas. Y así han aparecido nuevos ingredientes en escena como, por ejemplo, el colágeno con la promesa de ser capaz de alisar la piel y conseguir un aspecto juvenil. ​​

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